Mi madre, ya lo dije, es mujer de fuertes convicciones. Ella cree, entre otras cosas, que nada que realmente valga la pena se logra sin esfuerzo, y que lo que cuesta conseguir se aprecia y se valora mucho más. No estoy muy de acuerdo, pero son puntos de vista distintos, respetables.

En la época de colegio, exigía buenas notas.

Cuando me sacaba un 7 (un siete!!!), su comentario era ¿porqué no un 8?
Sin esmerarme demasiado, venía con un 8…. ¿Y porqué no un 9??
Podía traer un 9…y entonces su comentario era, muy bien…pero ¿porqué no un 10???…  Finalmente cuando llegaba el 10 decía: no veo porqué haya que felicitarte, si es tu obligación!. 

Hacía poco que había aterrizado en el colegio nuevo, y estábamos por viajar a Bariloche para las vacaciones de invierno, primer contacto con la nieve!

Mi madre, fiel a sus preceptos, dijo: el que se saca una mala nota (menos de 7) se queda en penitencia, sin viaje…. Menos de 7!!!! 

No sé si por confiada o por esas cosas de la vida, justo esa vez, me saqué un 5 ó 6, algo así, pero no menos que eso,  en una prueba de mitad de año. Y como lo de dejarnos sin viaje era una excusa más para que nuestro esfuerzo fuera mayor,  decidió cambiar la penitencia: iba a Bariloche, pero en vez, tenía que comer durante 20 días una mandarina por día.

No era que comer mandarina significara que me quedaba sin un postre más rico para mi, torta, helado, flan o lo que fuera. Era el peor castigo: no me gustaban las mandarinas, ni siquiera olerlas. Las odiaba… Realmente, era el peor castigo.

Volviendo de Bariloche, empezó el calvario. Durante 20 días, marcados en el almanaque de la cocina, tuve que tragarme a la fuerza una mandarina, todos los días. No importaba que estuviera una hora sentada para poder comerla, no importaban las arcadas, los ruegos de las amigas de mi madre a las que les daba pena, los ruegos míos, los llantos, nada la conmovía. 20 días, ni uno  más ni uno menos.

Nunca entendí el tenor de esa penitencia. No sé si habrá querido demostrar que la letra, con sangre entra… si habrá pensado que para mi era una buena manera de encontrarle el gusto a las mandarinas. Hoy, cuando hablamos de aquello, se ríe.

Con el tiempo aprendí que cada uno hace lo que puede, con lo que trae de su propia vida, y supongo que habrá sido con la mejor intención, aunque me haya parecido un tanto ¿sádico?

Como resultado directo, jamás volví a comer una mandarina en mi vida, y ni siquiera compré una de muestra para los monstruos. Por suerte, no son solo hijos míos, sino hijos e hija de la vida, y gracias a que su mundo excede al mío, han llegado a conocerlas.  Me ha pasado, abrir la heladera y verlas ahí, muy orondas, haciéndome burla.

También, a  partir de eso, tuve bastante cuidado a la hora de decidir alguna penitencia para los monstruos, y casi no hubo, quizás fue hablar más y  retar menos.

Siempre me quedó una duda: ¿sirven las penitencias? Fuera de la perspectiva religiosa, confesión-penitencia-perdón…  o como sociedad, con las condenas y las multas ($3200 por semáforo en rojo … finalmente la letra con sangre debería entrar!) …  como padres o como hijos,  ¿les sirvieron?  ¿Hubo algún cambio…¿o corrección?  a partir de una penitencia?

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