El otro día tuve que viajar a Córdoba, de urgencia. Pensé que nunca más iba a tener que volver por La Falda, por una sumatoria de recuerdos donde los malos superaron a los buenos, pero tuve que volver. Aunque solo pasé de largo hasta llegar a La Cumbre, alcanzó para ver y reconocer.

Viajé con el mayor de los monstruos, por una situación nada feliz.

Él registró que hacía mas de diez años que yo no iba por allí, y me contó que Carlos había muerto.

Carlos murió?….de qué?

Le dio gripe, y se murió.

Y me acordé de Adriana y de Carlos. Los dos cordobeses, con esa manera tan particular que tienen ellos de entonar y alargar sílabas. Carlos era grandote, pelado, morocho, y lo que se dice un muy buen tipo. Era el corredor de seguros del pueblo, llevaba el seguro del auto de mi ex-suegra y le soportaba todos los berrinches. Además era concejal intentando romper las mañas políticas argentinas. Adriana lo ayudaba en la oficina. Tenían dos chicos. Vivían en una de esas típicas casas de familias argentinas, en las que al casarse un hijo, agregan una nueva casa arriba, donde viven todos juntos, pero separados. Pero la casa de Adriana y Carlos era para abajo, en lo que sería el garaje, y era minúscula. Tenía solo dos puertas, la de la casa y la del baño, y lo demás, eran cortinas. Para mi, era imposible vivir así, para ellos, era así.

Con el tiempo, Carlos se hastió de la política y pusieron en la oficina de seguros un video club, supongo que convivirían los seguros, Bambi y las películas porno. La biblia y el calefón.

Carlos era de los que decían chango o ñato, cuando se refería a alguien, y Adriana conocía vida y obra de todos. Pueblo chico, infierno grande.

No se los veía muy felices, quizás resignados. Durante los quince años que los vi, cada vez que iba a La Falda, estaban igual, solo los chicos parecían crecer. Carlos nunca se quejaba de nada, y Adriana, una sola vez se animó, y sería porque yo era de lejos, a decirme que no aguantaba más esa vida, pero que sabía que no tenía salida. La vida era así.

Según parece, a Carlos un día le dio un delirio místico, y dejó todo, familia, seguros y videoclub y se fue al cerro, descalzo y con poca ropa, y se quedó días y noches a la intemperie, hasta que se engripó, y unos días después, de vuelta en su casa, se murió. Los detalles, no los conozco.

Pero la vida sigue. Adriana sigue con el video club, se mudó a la casa de arriba y es abuela.

 

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