Siempre pensé que ser malcriado era lo peor que le podía pasar a alguien.

Un chico malcriado es un castigo que tenemos que padecer todos: los amigos de los padres, los familiares, los vecinos, las maestras,  los compañeros del colegio, los que viajan en el colectivo….absolutamente todos. Menos los padres, los creadores de la criatura.  No solo no los padecen (ni siquiera registran o sufren los caprichos de sus hijos), sino que se conmueven y los miran embobados como si fueran la octava maravilla del mundo.

Cuando estos chicos vienen a nuestra casa, son los que caminan por los sillones con los zapatos embarrados, los que tiran la coca en el mantel, tocan todo lo que durante años preservamos de las manos destructoras de nuestros hijos (que no fueron malcriados),  hacen un escándalo y pataleo cuando ven un perro, como si fuera una jauría de dobermans atacándolo a muerte, hacen un berrinche por cualquier tontería, y le hablan a la madre, se le cuelgan del cuello, le tuercen la cara y le gritan al oído mientras ella imperturbablemente intenta mantener una conversación coherente con otra persona.

La madre solo atina, y sin ningún resultado, a decirle “ya vas a ver cuando le cuente a papá (o al cuco, o a tu abuela, o algún otro conjuro privado)” y sigue tranquilamente como si fuera música de fondo.

Son los chicos a los que querríamos atarles tres ladrillos al cuello y tirarlos a la pileta, en un arranque de odio pasajero, mientras nos prometemos que es la última vez que invitamos a los padres mientras vengan acompañados de ese personaje.

Pero con el tiempo, los chicos crecen, y con sorpresa vemos que aparentemente aprendieron a comportarse!!!  Dejan de venir por nuestra casa, si hablamos por teléfono son atentos, si los encontramos en la calle ya no hacen berrinches, y hasta parecen seres racionales. Casi casi nos dan ganas de felicitar a los padres, finalmente lograron doblegar a la bestia.

En realidad, esto es lo que parece, porque hacemos una mirada muy superficial.

Porque los malcriados tuvieron un aprendizaje y un entrenamiento exhaustivo y son maestros calificados en el arte de manipular a los demás y lograr casi siempre lo que quieren.

Cuando crecen y llegan a grandes, ya aprendieron a moverse en el mundo que los rodea. Dominan con una precisión de cirujano, el arte de manejar al otro en beneficio propio. Saben cuando sonreír, cuando chillar, cuando gritar, cuando llorar, cuando suplicar, cuando ser amables y atentos, cuando insultar o cuando agradecer. Son hábiles en el arte de detectar a las personas a las que pueden manipular, y logran, sea en el trabajo, en el matrimonio, con los amigos o en la calle, hacer que el resto corra y baile al compás de sus deseos. Consiguen casi siempre lo que quieren, y muchas veces se llevan los laureles de los esfuerzos de los otros, poco entrenados en ponerles freno.

Claro que a veces, también tienen problemas, se topan con algunos más malcriados que ellos, o con parte del sistema que es impermeable a los caprichos personales, y como tienen un umbral muy bajo de tolerancia terminan a veces frustrados o deprimidos.

Haciendo un balance costo-beneficio, y evaluando los posibles resultados (mayores logros con el mínimo esfuerzo), no sé si de tener una nueva oportunidad de criar a mis hijos, no hubiera sido mejor “mal-criarlos” un poco  más, a costa del pobre prójimo. (Por suerte, es tarde!!!)

Planteando esta hipótesis a los monstruos: “ser malcriados, si ó no?”, los comentarios fueron:

Para el más grande: NO, los malcriados de ayer son los deprimidos de hoy.

Para el del medio: … tonta!!!…  Porqué no me dejaste ser un malcriado? (Lectura entre líneas de madre: no está logrando lo que se propuso)

Para la mas chica: que tontería! (aclarando que de los tres es la que pudo haber sido una malcriada, de haberme agarrado un poco mas cansada y mas distraída).

Queda entonces planteado este interrogante y puesta esta hipótesis a consideración:  MALCRIADOS: SI ó NO?

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