Hace unos días, veíamos con mis padres fotos viejas de familia. De gente que podría ser cualquiera, porque no tenían un solo rasgo, absolutamente nada que uno pudiera reconocer en alguien conocido. Fotos color sepia, hombres y mujeres de gestos duros y mucha pose, ellos peinados con raya al medio y bigotes graciosos, ellas con 20 kilos más que las mujeres de hoy, con vestidos extrañísimos. Fotos del pasado.

 

Pero no eran extraños, eran los abuelos de mis abuelos, gente que vivió hará ciento cincuenta años…gente por la que hoy un montón mas y yo estamos acá.

 

Volví a sentir lo que sentí el día que decidí que me tenía que separar, que no podía seguir viviendo de una manera distinta a la que quería vivir, pensando que no tenía alternativa y que mi sacrificio podía servirle a alguien. Aunque sonara a egoísmo puro.

 

Ese día, tenía en mis manos un libro que hablaba de mi bisabuelo, un señor importante de su época y del lugar donde vivió, un hombre inquieto, un promotor de la cultura. De él queda hoy un nombre sin contenido: es una calle, son dos colegios y es una biblioteca. Se escucha  decir vivo en la calle tal, voy al colegio tal y voy a un recital en la biblioteca tal. Solo un nombre. Como si uno dijera voy al carrefour o al autódromo. No hay un hombre detrás del nombre, no se sabe quien fue, si fue feliz, si tuvo momentos de soledad, si los pudo llenar con algo. Este señor que un día, abrumado por quien sabe que padeceres, porque ya no hay nadie que lo sepa ni lo registre, se suicidó. Pese a todo lo que tenía, lo que era y el reconocimiento de su sociedad, no pudo con su angustia. ¿Qué le habrá pasado?


Ese día me dio por pens
ar que al día siguiente de su muerte, todo habrá seguido su curso. El lechero repartiendo la leche, el tren de las 8.23 pasando a la misma hora, los diarios publicando las noticias de acá y de otros lados, las mujeres lavando ropa y pensando que harían de cenar, el sol saliendo como si nada, y los días pasando con total indiferencia, ajenos a la presencia o no de una persona. Sus hijos habrán resuelto todo lo que él no pudo resolver. La vida habrá seguido, como corresponde. Habrán llorado un mes, o dos días, según el grado de intimidad que hubieran tenido con él. Habrán usado el luto según el uso y las buenas costumbres de la época. Los primeros años habrán ido al cementerio cada aniversario, y habrán estado presentes el día que pusieron su nombre a una calle, y habrán seguido sus vidas felices y contentos, porque la vida es muy de cada uno.

Hoy ya nadie se acuerda de él ni lo visita en el cementerio, a pesar de la calle, los colegios o la biblioteca.

 

Ese pensamiento sigue dando vuelta por mi cabeza.

 

Al día siguiente que ya no estemos, ya no va a haber tiempo de nada. Las cosas van a seguir pasando sin que nosotros estemos ahí, con absoluta indiferencia a nuestra ausencia. El sol va a seguir saliendo todos los días, la gente yendo al supermercado, corriendo detrás de lo suyo, yendo al cine, hablando de fútbol o de la modelo de turno, la gente va  a seguir protestando contra el gobierno, o pensando en las vacaciones. El 60 va a seguir pasando por la esquina de mi casa, y en el trabajo habrá alguien que me reemplace.

 

Los monstruos, se acordarán de mi un tiempito, con tristeza quizás, o no, sabiendo que es la vida y que la muerte es lo único certero que tenemos, algún día le contarán a sus hijos alguna locura de la abuela, y en muy poco tiempo a nadie le va a importar si uno fue feliz, o no. Si hizo un sacrificio supremo por alguien o no. Si valió la pena ese sacrificio o no.

 

Por un tiempo, vamos a ser un recuerdo, cada tanto alguien hablará de nosotros. Un tiempito mas  y solo vamos a ser un nombre, sin contenido. Otro poquito mas, ya ni siquiera vamos a haber existido.

 

Y nos habremos perdido la oportunidad de ser felices. Es ahora o nunca. Es hoy.

 

Con todo lo que tiene la vida, además de las obligaciones y las responsabilidades… vos, vivís sabiendo que es tu única oportunidad de ser feliz?

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