No me acuerdo mucho como fue que decidimos casarnos, solo me acuerdo que fue él el que tiró la propuesta, un día que estábamos cenando con unos amigos. Quizás escapándole un poco a los esquemas duros de mi casa, a la falta de comprensión y empatía de mis padres, a la rigidez de los mandatos familiares, a un estilo de vida que no reconocía como el mío, con total irresponsabilidad de nuestra parte, decidimos casarnos. Sí, me acuerdo de la reacción de mis padres…. La incredulidad,  la sorpresa, la desesperación?….  Casarte??….  Si no tienen nada… No tienen trabajo, ni casa, ni perspectiva de estabilidad… si solo tenés 20 años!!!...  No importa, me caso igual.

Tampoco me acuerdo haber participado en toda la preparación, la iglesia y la fiesta, casi como si hubiera sido una invitada más que iba al casamiento, solo que la que se casaba era yo. Nunca visité el lugar de la fiesta, hasta el momento en que llegué después de la iglesia, y tampoco se me cruzó por la cabeza que podría ser de otra manera.

Cuatro meses antes de la fecha elegida, tuve hepatitis, y hubo que postergar todo tres meses. Hoy hubiera pensado que eso era una señal de aviso, un alerta. En ese momento no pensé nada, y hasta hicimos algo así como una reunión de compromiso el día que el Gato cumplía 24,  yo casi en cama, todos en mi cuarto…  ellos champagne… yo coca cola…. Sus padres, mi familia y nosotros… Mirándolo hacia atrás… parece tan bizarro!  Las alianzas, tenían esa fecha grabada, junto con nuestros nombres.

El civil y la iglesia fue el mismo día. La noche antes, me dio por llorar. Lloré como nunca había llorado en mi vida, quizás tomando conciencia de que empezaba una nueva etapa, que era muy chica, que dejaba lo conocido de mi casa, que estaba asustada. A la mañana siguiente, con los ojos irritados de llorar y el civil por delante, mi mamá me preguntó porqué lloraba … no sé!!!… No seas sonsa! … con una gran sonrisa, fue todo lo que me pudo decir. Hoy creo que por dentro ella tendría más ganas de llorar que yo.

Algunos años después reconocí que había sido tan solo una espectadora de ese casamiento, que me escapaba de algo, y que había otros miedos detrás. Que la falta de comprensión y de empatía de mis padres no era condicionante de nada, que ellos habían hecho lo mejor que pudieron hacer, con la historia personal que traía cada uno, y que dieron siempre lo mejor que tenían para dar. Por un tiempo me pregunté si ese casamiento no habría sido el gran error de mi vida, y decidí que no. Que gracias a esa decisión alocada, pude aprender a ser distinta en algunos aspectos de mi vida, y más tarde, ser una madre diferente, a estar más atenta con mis hijos y estar para ellos de otra manera. Quizás la mejor respuesta la tenga hoy en mi relación con ellos.

Hoy, treinta años después, si bien fue mi primer casamiento y mi primer divorcio, no lo cuento. No fue un matrimonio, no fuimos serios, no fuimos comprometidos. Si hubiera sido en estos días, nos hubiéramos ido a vivir un tiempo juntos, y ahí hubiera quedado todo.

Al Gato lo volví a ver dos años más tarde en Francia, ya no como pareja, y como si fuera mi  mejor amigo conocí mucho de  París a su lado.

Nos volvimos a ver cuando en uno de sus viajes a la Argentina nos divorciamos legalmente. Y el último llamado fue cuando estaba a punto de nacer la más chica de los monstruos.

Nunca más lo volví a ver, ni volví a hablar con él.

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