Los casi tres años que compartí con el Gato me dejaron, a pesar de todo el desorden y lo atípico, buenos recuerdos. No me acuerdo de discusiones ni grandes peleas.

Trabajar con él, era muy interesante. Se trabajaba quizás cinco o seis días a full, casi sin horarios ni descanso, y después venían dos o tres semanas de hacer poco y nada. Cada vez era una cosa distinta, desde fabricar con los bomberos una lluvia torrencial en la calle Florida, un domingo a las 7 de la mañana, hasta conseguir una casa a orillas del río para una publicidad de zapatillas …el trabajo era parte de la diversión. Mientras, cuando no había nada que hacer, yo hacía lo que encontraba a mano. Trabajaba en una inmobiliaria, y el Gato pasaba por la vereda con un amigo marchando como soldados para hacerme reír, o repartía volantes para un programa de radio de Galán, con una remera amarilla que decía “Dígale SI a Galán”, o vendía cosméticos, aunque solo me los compraba mi abuela.

La facultad la hacía de taquito, y casi sin estudiar aprobaba parciales y finales… la vida transcurría fácil  y sin grandes esfuerzos.

El Gato era muy amigo de sus amigos, eran casi como una cofradía de locos, todos más grandes que él, un rejunte de tipos raros, hasta había un psiquiatra que trabajaba en el Borda, que vivía borracho y tocaba el bongó. Jugaban póker los viernes a la noche, y hacían cosas a las que yo no le encontraba ningún sentido. A veces la gran diversión era pasarse una noche entera andando en auto, charlando y tomando whisky, para terminar desayunando medialunas en el Atalaya de Chascomús. Esas noches, aunque estaba invitada a participar, prefería ver a mis amigas.

No teníamos teléfono (épocas de Entel!)…  una vez que el Gato había viajado al Uruguay con un amigo, a la mañana siguiente tocó el timbre el hermano, con un mensaje de él: estaban en Carmelo. Se habían jugado todo lo que tenían en el casino, y no tenían ni para pagar el hotel ni para el pasaje de vuelta. Tuve que ir a Tigre, tomar la lancha a Carmelo y llegar al rescate. Llegué hecha una furia, pero era difícil  estar enojada mucho tiempo con él, de alguna manera siempre encontraba la vuelta para transformar enojo en diversión, y terminamos quedándonos dos días más, paseando por Carmelo, el amigo, el Gato y yo.

Y así era la vida, un disparate detrás del otro. Los pocos momentos de normalidad, si hay que llamarlos de alguna manera, eran los días que cenábamos con mis padres o con su familia, o cuando había algún trabajo en curso.

La realidad es que tanto desorden agota. La mujer de uno de sus amigos, uno de los locos del póker,  tuvo un bebé, y vi como se fue transformando esa pareja en una relación muy complicada y conflictiva. Fue el primer indicio de que quizás nosotros siguiéramos el mismo camino. Pero no le dimos tiempo. La idea de buscar destino en Europa surgió antes de llegar a esa instancia, y yo tenía muy claro que ese salto a la nada no era una alternativa para mí.

Años después me encontré un día en el tren con la que había tenido el bebé, quizás habrían pasado diez años desde la última vez que los había visto,  y me contó que se habían separado, y que él, dos años después se había muerto, sin llegar a cumplir  45 años. Me asombró muchísimo su comentario: “fue lo mejor que pudo pasarle, llevaba una vida sin sentido”. Cuánto odio … ¿hubiera yo también llegado a sentir así?

Separarme del Gato era un final anunciado. Solo era cuestión de tiempo.

Anuncios