Un día, bajando en un ascensor, había dos tipos jóvenes de alrededor de 30 y pico, que estaban en medio de una conversación, de la que solo escuché dos frases. Uno le preguntaba al otro que prefería, si ser cabeza de ratón o cola de león, y antes de poder escuchar la respuesta se bajaron. No sé de qué hablaban, pero supuse que era en relación con lo laboral, quizás porque ese era un tema importante para mí.

Muchos años fui cabeza de ratón, y disfruté y padecí todo lo que eso implica.

Cuando las cosas van bien, y todo es bonanza, es el placer de ver que lo que se hace prospera. Se puede tener un grupo de trabajo comprometido con el que podemos compartir los beneficios del esfuerzo conjunto entre todos, y somos como una gran “familia”. Somos dueños de nuestro tiempo sin tener que pedir permiso ni rendir cuentas. Podemos manejar los horarios, tenemos cierta libertad de acción y posibilidad de manejar alternativas. Cumplimos con todas las obligaciones en tiempo y forma, y hay una sensación de armonía y bienestar que se vive en el trabajo diario y se traslada también a lo personal.

Pero cuando las cosas se complican mal, porque vivimos en el país que vivimos, o porque cambian las reglas del juego, o cuando no podemos escapar de la crisis que afecta al entorno, todo se hace difícil. La bonanza queda como un recuerdo de otros días, ya no hay beneficios que compartir, no se llega a cumplir con todos en tiempo, y la armonía se transforma en mal humor generalizado. Si antes éramos “socios” ahora somos “entidad propietaria”, y que la crisis sea general y nos haya caído de arriba no importa. Es asunto nuestro. Los problemas nos los llevamos a casa, y están siempre presente, de noche, los fines de semana, los feriados, en las charlas familiares, en la relación con la pareja y los hijos. Nos ponemos monotemáticos, a veces obsesivos. A veces nos gana el insomnio y nos superan los problemas. Vivimos buscando soluciones, caminos paralelos, aplicando remedios posibles, y a veces medidas drásticas.

Tan drásticas como cambiar de bando, y pasar a ser cola de león.

Entonces se disfruta del olvidarse de todo a las 6 de la tarde y poder pasar a otro tema sin mayor trámite, de llegar al día 30 y tener un sueldo depositado en una cuenta, sin preocuparse demasiado si las cosas van bien o mal. De no tener mayor responsabilidad que la que implica el trabajo, de que nada nos quite el sueño y con el pensamiento fugaz que si hay algún problema, este es ajeno y le quitará el sueño a otro, no a nosotros. Es un alivio!

Pero también nos damos cuenta que ya no somos dueños de nuestro tiempo, que se termina teniendo que dar explicaciones sobre un turno en el médico, o de un lavarropa descompuesto. Que ya no podemos estar presentes en un almuerzo improvisado con gente amiga. Que la mayor parte del día nos lo pasamos haciendo algo que en realidad poco nos motiva o nos mueve, más allá de llegar a fin de mes y cobrar. Que la vida privada de cada uno queda habilitada a partir de la hora de salida.

Dicen que todo espejo tiene dos caras. Hoy no sé que es mejor, extraño cosas pero me reconforto en otras. Pasados varios años, sentada en la comodidad de ser parte de un gran engranaje quizás miro con un poco de nostalgia aquella otra vida, y a veces también me da por pensar que hay alternativas mucho peores, como llegar a ser cola de ratón, y ya no sé si me conformaría.

Y vos, que preferirías?

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