Hacia doce años que vivían juntos y tenían tres hijos.

Después de varios años de bastante trabajo,  lo económico parecía ir mejorando y decidieron empezar a hacer algunas de las cosas que tenían pendientes, arrancando por la pileta.

Como los dos estaban fuera todo el día y el movimiento de albañiles iba a ser importante, le propusieron a la hija de unos amigos de la familia de ella que buscaba trabajo, que se quedara en la casa esas horas que ellos no estaban, por cualquier cosa que surgiera en la obra. Mientras,  los dos se iban a trabajar.

Una mañana, al rato de llegar al trabajo,  él la llamó por teléfono, y le pidió que fuera rápido a la casa.

– Pasó algo.

Preocupada, pensando en qué podría haber pasado, volvió a la casa. Los albañiles seguían trabajando normalmente, la chica que debería  estar cuidando no estaba, y escuchaba al marido duchándose en el baño de arriba. Subió de dos en dos los escalones y entró en el baño.

– Pasó, le dijo el marido desde la ducha, que traté de besar a esa chica. No sé  cómo pudo haber pasado.  Le dije que se fuera.

Así  de simple. Ella sintió un zumbido en los oídos, y el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo. Bajó la tabla del inodoro, se sentó  y le pidió que le contara como había pasado.

Con fastidio, y sin darle mayor importancia, le contó que la había tratado de besar, que ella se había resistido, que le había dado un empujón, y que había salido corriendo.

Pero que no había pasado más nada, así que no era para hacer un drama ni un escándalo.

– ¿Y ella?

– No sé, se fue.

Muy confundida, en su propia casa…  con una chica que por la edad podría haber sido su hija,  pero  sabiendo que algo tenía que hacer, la llamó y quedaron en encontrarse en media hora.

Le preguntó que había pasado, y después que ella le contara, le pidió que por favor no dijera nada en su casa, disculpó como pudo a su marido, le pidió perdón por el mal rato pasado, le pagó lo que le debía por los días trabajados y le dijo que era mejor que no volviera a la casa. Como si hiciera falta decirlo.

Los días siguientes, entraron en una nebulosa. Sabe que fueron semanas complicadas. Sabe que al final él le dijo algo así como que terminaran con esa historia, que finalmente no había pasado nada más que un inocente beso. Nada más.

Por esos días uno de los chicos cumplía 8 años y había reservado  un salón chiquito cerca de la casa para la fiesta con los  compañeros del colegio. Se acordó el mismo día, cuando volviendo del trabajo, escuchó el mensaje en el contestador,  la gente del salón que preguntaba porque habían cancelado el cumpleaños sin avisar. Se había olvidado totalmente y había pasado el día.

Qué pasó después, no se acuerda. De alguna manera lo borró, olvidó todo lo sucedido, lo escondió en algún lugar de su mente, y siguió adelante con su vida como si nada hubiera pasado.

Tuvieron momentos buenos y también de los otros. Viajaron un poco, armaron una empresa, se mudaron,  eran una pareja más,  pero poco a poco las cosas se fueron descomponiendo mal,  sin retorno.  Estaba a la vista el ineludible final, iban directo a una separación.

Fue en esa época, que charlando con una amiga por teléfono, ante un comentario de ella  le vino todo a la mente, como si hubiera tocado un resorte que trajo otra vez todo a la superficie. Recordó con detalles todo lo que había pasado ese día  7 años atrás, pero ya estaban en un proceso  sin vuelta y lo dejó ahí, presente en la memoria. Era un detalle más en tanto desencuentro.

Se divorciaron y cada uno siguió su camino.

Varios años después, un día, mientras ponía la llave en la puerta del edificio, porque sí y como salido de la nada, se acordó del día aquel del cumpleaños que había olvidado. Y volvió a ver  a su hijo chiquito de 8 años, sin un reproche ni un comentario, sin siquiera preguntar qué había pasado con su fiesta, y sintió un dolor terrible por el dolor que imaginó le habría provocado al hijo, tan ajeno a todo lo que había pasado… ¿¿¿tan ajeno???. Se preguntó cuan ajenos habrían estado los chicos en esa y en otras situaciones, pero era una pregunta sin respuesta. ¿O era ella la que había estado tan ajena a ellos? Lloró, como hacía mucho que no lloraba, y cuando pudo controlar las lágrimas, subió.  Se acercó al hijo,  que ya tenía casi 21, y lo abrazó fuerte.

– ¿Te dije que te quiero?

– Si mamá.

Y no le dijo mas nada, solo se preguntó cuantas cosas cargarían esos chicos sin que se hubiera dado cuenta.

Mientras me contaba esto en voz baja, se le llenaron los ojos de lágrimas.  A mí se me hizo un nudo en la garganta.

Cuántos juegos hará nuestra mente para sacarnos de encima esas cosas que nos lastiman y permitirnos seguir adelante, insensibles, como si nada. Te pasó alguna vez?

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