Varios días antes de la partida del monstruo, tuvimos la charla más importante de nuestra vida de relación madre-hijo.

Yo venía de un viaje sin vuelta. Él se sentía en el carrito de la montaña rusa, llegando a ese momento en que se acerca a la parte más alta previa a largarse la caída en picada, y ya no hay nada que hacer más que seguir adelante, anticipando la adrenalina de lo que está por venir.

Tarde a la noche,  llegando de no sé donde, se sentó en mi cama y me preguntó:

¿Todo way?… ¿qué pasa?

Nunca fui de contarles a los monstruos mis cosas, salvo lo que de tan grosero estaba a  la vista de todos, no sé si por preservarlos a ellos o preservarme a mí, por pudor o por cuidar mi intimidad, por no mostrar mis debilidades y seguir manteniendo esa imagen de chica-superpoderosa que todo lo pudo. Me acompañaron, y mucho, en todo el movimiento post-divorcio: cuatro mudanzas en un año y medio, cambio de entorno, de colegio y de recursos económicos, siempre apoyando con muy buena onda, sin quejas ni protestas, sin planteos raros. Sabiendo que había tres pares de ojos pendientes de mí, sensibles a mis estados de ánimo, siempre traté de mantener en reserva lo mío, y si se notaba, minimizarlo.

Pero el monstruo se iba, y mi propio momento era muy difícil, y tanta emoción junta, buena y mala, pudo más. Una cosa llevó a la otra, y hablamos lo que no hablamos nunca, en un momento íntimo, especial y único en el silencio de la noche.

Supe de sus miedos y sus pesares, de lo difícil que fue su último año, de lo mucho que había llorado en silencio, de sus dudas y sus anhelos, de lo incomprensibles que le son algunas cosas, de sus ganas y de sus sueños.

Supo de mis miedos y mis pesares, de mis dudas y de mis penas, de mis sueños y de mis ganas. Hablamos del pasado, de hoy y del futuro, de él y de mí, de sus hermanos y de su manera de ver la vida. Y juntos, supimos un poquito más uno del otro, en una de esas charlas que van más allá del aquí y ahora, y que implica mucho, mucho más que lo que se está diciendo.

Supe, que mas allá de todo lo vivido, bueno o malo, quedó lo bueno. Que no importa por cuales caminos o por donde lo lleve la vida, difícilmente se pierda, porque tiene luz propia.

Después, siguieron pasando los días hasta que se fue, en el torbellino de lo cotidiano, pero con esa sensación de que algo muy fuerte había pasado entre nosotros. Y eso acerca: no importa donde esté el otro, se está cerca.

Y vos, ¿podés hablar con la gente que realmente querés  y te importa?

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