Mientras sigo paseando por Santo Domingo, siguen apareciendo los contrastes y cosas que me sorprenden.

Algunos, no muchos, viven en unas zonas muy lindas y cuidadas, donde se ve que las casas están bien arregladas. Otros… muchos, viven en zonas que parecen a medio construir, o quizás, a medio destruir. Caminando por las veredas se percibe pobreza. Mirando hacia adentro, hasta donde la discreción y la intimidad de los que viven ahí lo permiten, se adivina que detrás de una puerta, y en un espacio muy reducido, pueden vivir muchas familias. Fuera de la casa, y en la puerta, se reúnen grupos de hombres, de todas las edades, charlando o tomando cerveza. Cada tanto hay alguna mujer, pero no se ven tantas.  Por lo que me contaron, la sociedad es bastante machista y estructurada. A las mujeres les dicen “hembras”, y parece que ese es el calificativo más acertado en todos sus sentidos. Hembras para acatar la decisión del hombre, hembras para tener hijos, hembras para cuidar la casa. Por eso será que en un territorio tan chico sobrepasan los nueve millones de habitantes.

La pobreza, salvo pocas zonas privilegiadas, es evidente. Se ve en la construcción, en los autos que andan por la calle, en la cantidad de chicos pidiendo y vendedores ambulantes que se abalanzan contra los autos en cada parada del semáforo. Se vende cualquier cosa, desde tarjetas de celulares, esponjas para baño, maní en bolsitas, peceras con agua y peces incluidos, cachorros de perro, y muchísimas cosas más.  Los autos, parecen rearmados de un rejunte de otros autos, y pueden tener cada parte de la carrocería de un color diferente.

En contraste, se ven unas fabulosas casas, rodeadas de paredones importantes, que a veces terminan en  alambre de púa enrollado, autos de alta gama, con vidrios polarizados y ventanas cerradas… imposible ver hacia adentro, y muchísimas 4 x 4. Según parece, algunas hasta son blindadas, para poder,  llegado el caso, salir corriendo sin importar lo que se lleven por delante en el trayecto.

Entre los dos extremos, hay algunas zonas donde se encuentra la clase media.  Pero al primer golpe de vista, predomina la pobreza.

Todas las casas y edificios tienen rejas, aun en los lugares más impensables donde poner una reja, lo que hace suponer que la versión hombre araña debe estar muy posible, y que cualquier hueco es factible de traspasar. Muchos negocios atienden detrás de una reja. Tanta reja hay, que ser herrero debe ser un trabajo bien difundido. Y no importa que el barrio sea pobre, clase media, o acaudalado, las rejas están en todos lados, lo que me hizo pensar que todos tienen miedo de todos… La impresión que me dio, es que nadie confía mucho ni siquiera en su vecino.

También vi cosas que me sorprendieron, como carteles puestos en la puerta de una verdulería donde se ofrecían “certificados médicos”. Carteles de estos, muchos y variados. También encontré “La Iglesia de Dios, Inc.” … business is business!!!???

Después que anochece, no es recomendable andar por la calle. La señora que ayuda en la casa de Mercedes, vuelve a su casa en taxi, tal es el miedo de andar sola.  La cara de incredulidad y sorpresa que puso cuando le conté que volvía en la guagua, era más que llamativa: ándese con cuidado!, supongo que creerá que soy más visible que una mosca en la leche, y blanco seguro de cualquier intento de robo.  Los días de semana,  pasada cierta hora de la noche, ya no se ve a casi nadie.

Esto, es Santo Domingo y sus alrededores. Caminando, uno se encuentra con la parte colonial  de la ciudad, y ahí, restos de lo que queda del fuerte, la ciudad vieja  y parte de la muralla de otras épocas. Imponente. Un poco más allá, y está la costanera, también imponente, con los hoteles más modernos, más lujosos, más caros.

Muchos contrastes.

De ahí, a Bayahibe, en busca de playas increíbles, de aguas cálidas, claras y transparentes.  ¡Otra historia!

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