Hay personas que vienen con vocación incorporada, y desde siempre supieron lo que iban a ser o hacer en su vida. Como si tuvieran un plan meticulosamente trazado, lo cumplen paso a paso. A través de los años crecen en lo que hacen, se destaquen o no, y simplemente se los nota felices con su trabajo:  hacen lo que les gusta.

Como mi padre, que nada mas nacer ya le vieron estampada la cara de ingeniero, y  cada cosa que hizo en su vida  fue un paso en esa dirección. De chico, el mejor regalo para él era una llave inglesa o un destornillador, y todavía hoy, mientras tenga un lápiz y un papel donde dibujarte un eje cartesiano, cree que te puede solucionar la vida.

Otros, no la tienen tan clara, o quizás con el correr de los años van perdiendo esa claridad, y van mutando.

Así, conozco la que empezó como abogada y ahora da clases de inglés, el piloto de avión comercial que ahora es chef, la diseñadora de interiores que es maestra reiki, la arquitecta que quiere criar avestruces, la bioquímica que hace quilting, la  ingeniera electrónica que estudia budismo, la azafata que vende alfajores, el ingeniero naval que exporta vinos a Corea, o la kinesióloga que termina trabajando en marcas en un estudio jurídico, como yo.

Sea como sea, que se haga lo que se quiere o lo que se puede, sea permanente o sea en tránsito hasta encontrar ese trabajo que despierte entusiasmo, supongo que la mayor satisfacción estará cuanto más se acerque a lo que nos guste y podamos elegir, y más placer se encuentre en lo que se hace.

Pero también conozco un montón de gente, y lo veo tan cerca de mí en el trabajo, que van pasando año tras año en el mismo puesto, y quizás sumaron más de 35 que están en el mismo lugar, haciendo las mismas cosas, cada día una repetición exacta del anterior. Sin cambios, sin grandes motivaciones, sin muchos desafíos, sin moverse del puesto en que empezaron, donde si algo cambió fue el mobiliario cada tanto. Conocen vida y obra de cada uno de la empresa, y es como que han pasado más tiempo en el trabajo que en su propia casa, es sin dudas su segundo hogar. Suspiran por los pasillos, esperan con ansias los viernes, y a partir del 15 cuentan los días que faltan para cobrar.

Y a mí, que me da siempre por andar preguntando las cosas, acá me quedo sin palabras. Quizás sea una fantasía mía, y estén tan conformes que asuman esto con felicidad, pero representan uno de mis miedos más grandes: vivir de tal manera que llegue un día en que me de cuenta que la vida transcurrió entre esperar los viernes, y cada cuatro viernes, el fin de mes. Esto me asusta!

Nacer con vocación incorporada,  hacer un viraje brusco hacia otra actividad,  reciclarse en una búsqueda sin fin hasta encontrar eso especial que encienda el motor cada mañana, o estar atornillados en un trabajo de por vida…  Cada uno le encuentra la vuelta a su manera, de un modo muy particular. ¿Voluntad… disconformidad … resignación…  o aceptación?

Vos, ¿tenés alguna vocación? ¿Estás haciendo lo que siempre quisiste?

Yo no.  Sigo buscando.

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