El colegio, arrancando la década del 2000 entró en la misma hecatombe en la que cayeron muchas empresas argentinas en general y muchísimos colegios en particular, sobre todo los de la provincia de Buenos Aires. Sobrevivimos, a un costo impresionante. Cuando quedó claro que los monstruos se negaban a vivir del aire, sentí que era el momento de buscar otro trabajo, mientras el colegio seguía intentando escapar al naufragio general: no está muerto quien pelea: estando vivos habría esperanzas de que algo, ¿un milagro?, apareciera que nos ayudara a salir adelante, de la manera que fuera. Gracias al apoyo de todos los profesores, subsistimos. También era una realidad que era mas costoso cerrar que seguir adelante. Entonces seguimos, pero bajo otras pautas.

Me fui en busca de un nuevo trabajo, con un poco de incertidumbre: el momento no era el mejor, y mi CV era un tanto bizarro: kinesióloga de profesión, con experiencia de muchos años en administración de empresas pero sin titulo que lo avalara. No eran tiempos de estar siendo demasiado exigente en pretensiones, cada vez había más gente sin trabajo, y necesitaba si o si un sueldo a fin de mes. Me anoté entonces en una consultora.

Un mes después, me llegó una propuesta para la administración de un tambo. Y allí me fui. Ya había aprendido sobre salud de las personas, impresión de etiquetas, colegios y administración, ahora llegaba el momento de las vacas.

La empresa era la oficina de un tambo lejos de Buenos Aires. Los dueños eran tres hermanos que vivían de otras actividades, al mismo tiempo que mantenían esa empresa familiar, y aparecían por la oficina de tanto en tanto, y muy poco. Se cumplía aquello de patrones ricos y empleados pobres…las penas son de nosotros… las vaquitas son ajenas. El plantel fijo de la oficina éramos tres: el chofer, que hacía de cadete y chofer a disposición de los tres hermanos y los caprichos de todos sus hijos, el trucho y yo.

El trucho, hijo de uno de los socios, era un muy buen chico, me hacía acordar muchísimo a los monstruos, pero era un poco lerdo para entender las cosas. Con el titulo de licenciado en administración de empresas, que para mi era muy sospechoso, confirmó aquello que dice que “Lo que natura no da, Salamanca no presta”. Tardé casi un mes en explicarle como funcionaba el IVA, y que si alguien tenía que quejarse y decir malditos bastardos cada vez que había que pagarlo, éramos los consumidores finales y no la empresa que tan solo hacía un pase de mano. Finalmente, no sé en que momento habrá tenido una epifanía donde la verdad le llegó sola, entró un día con una gran sonrisa diciéndome: Ana! Ya lo entendí! … Eureka!… Se hizo la luz! A partir de ese momento desvió su atención hacia otros temas, como el dólar y un día llegó diciendo que éramos todos muy tontos… Cómo no se nos había ocurrido antes!!!! … eufórico me contó que había visto en el banco, el cartel que decía U$S compra a tanto…y U$S venta a otro tanto !… Es un negoción: compramos dólares al precio mas bajo y después lo vendemos al precio mas caro!!! Explicarle como funcionaba la compra-venta de dólares fue mas fácil que lo del Iva, y terminé convenciéndome que Arquímedes tenía razón: dame un punto de apoyo y moveré el mundo. El trucho, no importaba la capacidad que tuviera o lo mucho o poco que supiera, iba a llegar siempre lejos apoyado por la gran familia (¿palanca?) que tenía. Con el correr de los meses se fue despabilando bastante, y a mi me daba hasta un poco de ternura verlo tan inocente.

Los años que estuve en el tambo aprendí algo sobre esa actividad, y me di cuenta que hay muchas cosas del campo de las que uno no tiene idea viviendo en una gran ciudad. Mantuve al máximo mi pasión por el Excel, y no importaba de qué tema se trataba, se podría decir que excellicé la administración, más de lo que ya estaba. El socio que se ocupaba en mayor medida del tambo estaba feliz, podía ver en una sola hoja toda la información que necesitaba, la que fuera, y yo, cuantas más planillas armaba, mas tiempo libre me quedaba.

Terminé teniendo muchísimo tiempo libre, y el día que me cansé de estar entre esas cuatro paredes, compartiendo gran parte de mi día con el malhumor del chofer y los divagues del trucho, decidí que era hora de buscar otro trabajo… deseando que el próximo fuera una empresa de por lo menos 400 personas. Mientras, aprendí algunas cosas sobre vacas y lechería.

Anuncios