Un poco aburrida de estar entre las cuatro paredes de la oficina del tambo, con el malhumor del chofer y los divagues del trucho, me anoté en otra consultora, con mucha mas confianza que la vez anterior, y un mes después me llamaron para otro trabajo. No era para mi el trabajo ideal, mucho Word y poco Excel, pero era interesante la propuesta económica y el tipo de empresa. Sin demasiado para analizar sobre la conveniencia o no de hacer ese cambio, lo acepté.

Después de estar tres años en la soledad de una oficina compartiendo algunas horas del día con dos personas, soñaba con un lugar donde fuéramos por lo menos 400 … ¡Cuidado con lo que deseas, porque se hace realidad!…  me encontré en una compañía con más de 750 personas y la filosofía de empresa que todo se hace a lo grande…  uno es cola de león y parte de un gran engranaje. Ya había aprendido sobre un montón de cosas y ahora llegaba el momento de las marcas, algo totalmente nuevo para mi que también resultó muy interesante.

Si es el trabajo definitivo, donde voy a quedar atornillada a la silla hasta el día que me jubile, no lo sé. Supongo que no. No es el motor que me hace arrancar cada día con entusiasmo, no muero de ganas de venir a trabajar, no siempre es divertido lo que hago, no hay suficiente Excel, por más que ya se corrió la bola que yo lo manejo, y como en el país de los ciegos, el tuerto es rey, cualquier cosa que surja para hacer en excel termina en mi escritorio. Dicen que no hay dos sin tres: dos veces estuve a punto de cambiar de trabajo, la última vez hace muy, muy poquito: no hubo acuerdo económico, pero si propuestas interesantes, y si ya pasó dos veces, puede volver a pasar… ¿porqué no?

La búsqueda sigue, aunque quizás a media máquina. Llega el momento en que uno entra en una zona de comodidad, ya le tomó el tiempo al trabajo, al jefe, a la rutina, ya aprendió los secretos y el lenguaje, le encontró la vuelta a todo, se fabrica aún dentro del horario de trabajo un tiempo libre, logra ciertos beneficios, se acomoda al lugar y se siente a sus anchas. El pensar en cambiar y empezar todo otra vez da un poco de fiaca y cuando aparece una propuesta nueva hay muchísima adrenalina, bastante estrés y también miedo. Seguramente uno se pone insoportable y hasta que no se resuelve, en el sentido que sea, se pierde un poco la calma. Ahora es cuestión de tiempo, y de estar pendiente y abierto a que surja algo. Nunca se sabe por donde puede aparecer, está dentro de lo que puede pasar… ¿quién tiene la última palabra?

La vida es como una bicicleta, hay que avanzar para no perder el equilibrio, dijo Albert Einstein.

Y a vos, ¿que sensación te provoca la posibilidad de un cambio importante en tu vida?

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