Últimos días para pasear por Francia, nos fuimos a visitar los castillos del Loire… son un montón, imposible visitarlos todos, pero visitar dos o tres es casi como haber visitado varios. Salimos muy temprano a la mañana, a esa hora en que Paris todavía parece dormir: ningún turista por ningún lado y las calles casi desiertas. Notre Dame cerrada, las plazas vacías, un paisaje distinto… un placer!

El primero que fuimos a visitar,  el de Chenonceau… lindísimo!  El paisaje y el lugar son especiales y el castillo, en parte construido sobre el río, también.

Se puede visitar casi todo, salvo las habitaciones donde vivían los sirvientes y los que no eran de la corte, esa parte nunca la muestran! …  y los baños, aunque quizás en aquella época los baños no existían… ¿será por eso que nunca  se ven?   Parece que en este castillo vivían Enrique, quien más adelante sería el rey Enrique II, su esposa Catalina de Medicis, y su amante, Diana de Poitiers. Catalina de Medicis era, además, la amante del padre de Enrique, el rey Francisco I, casado con una tal Leonor. Seguramente era un gran embrollo, aunque todo quedaba en familia! Como era de suponer, cuando Enrique II murió, Catalina, ni lerda ni perezosa, invitó a la pobre Diana a que se buscara una nueva vivienda.

Francisco I, rey a los 20 años, fue el primero que entendió cual era la política del momento y el que unificó el reino. Él mandó a construir otro castillo, el de Chambord, un lugar fascinante, quizás más parecido al escenario de películas como Harry Potter o El Señor de los Anillos que a un castillo renacentista.

Foto de las chimeneas y techos (de la web)

Impresionantemente grande,  tiene cuatro torres unidas por un torreón central donde hay una escalera de dos hélices imbricadas sobre un mismo eje, como si fueran dos escaleras, una arriba de la otra, con las paredes caladas que dejan ver desde una escalera quién va subiendo o bajando por la otra, pero sin cruzarse nunca.

La escalera desde afuera (foto de la web) y la escalera desde el interior. 

Todo el castillo es alucinante, sobre todo los techos y las chimeneas. Tiene 440 habitaciones, 365 chimeneas y 84 escaleras, 400 salamandras, símbolo de Francisco I, y está casi pelado de muebles. Parece que en aquella época, el rey se trasladaba con todo, hasta los muebles, y cuando se iban, quedaba vacío. Pobre rey, aún siendo su lugar preferido, solo pudo pasar ahí 72 días en toda su vida. Como era de esperar, nos perdimos, y aunque nos costó un poco volvernos a encontrar, valió la pena!

También visitamos el palacio de Cheverny, aunque al lado de los otros dos, no dice nada, a modo de chisme nos contaron que los dueños, quizás abrumados por los impuestos que seguramente tendrían que pagar, lo cedieron como patrimonio de la Unesco, y recluyéndose solamente en un  sector del segundo piso, viven en el palacio pero ponen el resto a disposición del público que lo quiera visitar. Todo muy cuidado, pero la sensación fue, con este palacio,  que se podría haber seguido de largo sin parar.

Volvimos a Paris, casi al atardecer. Tiempo de descuento, se acerca el último día. 😦

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