El amenazado
Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con su mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo. 
            Jorge Luis Borges,  El oro de los tigres (1972)
 

Tres veces por semana, muy temprano a la mañana llego al microcentro, y antes de ir a trabajar voy al gimnasio, a esa hora en que todavía no hay tránsito ni gente y es casi un placer caminar por un Buenos Aires desierto. Sin que me divierta demasiado el tema de la gimnasia y con pocas ganas, es algo así como una inversión en salud a largo plazo.

Todos los días, desde hace varios meses, casi desde principio de año, y sin importar que hiciera frío, calor o lloviera torrencialmente, caminando por Viamonte encontraba un furgoncito estacionado con una mujer al volante y un hombre a su lado, cebándole mate. El tiempo que tardaba en pasar por delante de ellos, se los veía conversar animadamente, a veces estaban más cerca, a veces tan solo charlando.

Me imaginé, porque me armé una historia tan solo de verlos día tras día, que eran amantes. Los dos estaban casados. Se habían conocido por internet, queriendo escapar de la rutina de largos años de matrimonios con desencuentros. Vivían en barrios muy alejados, y salían de su casa rumbo al trabajo una hora antes de lo necesario. Ella llevaba el termo con agua caliente, y lo pasaba a buscar por alguna esquina acordada desde siempre. Estacionaban el furgoncito en la cuadra anterior a donde él trabajaba, paraban el motor, y se quedaban un buen rato charlando y disfrutando de su mutua compañía. No hacían planes a futuro, porque los dos se sabían comprometidos, pero ese encuentro fugaz de la mañana les alcanzaba para seguir adelante.

Hasta que un día encontré la calle vacía, sin ese furgoncito donde una pareja desconocida se encontraba a tomar mate, y ya no los volví a ver. Pasaron tres semanas, y a esa hora en que todavía no hay autos ni gente que camina, la calle sigue desierta.

Me imaginé, entonces, el desenlace y final de esa historia inventada, que era más mía que de ellos, y pensé en todos esos lugares a donde vamos siempre con alguien, como una rutina compartida, y los hacemos propios, a los que nunca más volvemos cuando ese alguien sale de nuestra vida. ¿Alguien notará la ausencia?

La vida sigue y se transforma, habrá otras historias, otros lugares.

Y vos, ¿podés volver a esos lugares que dejaron de ser parte de una vida de a dos …o preferís seguir de largo?

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