Llega el día “T” del turno, y voy al lugar previsto a la hora indicada, con todo lo necesario en la mano, encomendándome al universo para que todo salga como por un tubo, y que una hora después pueda estar afuera con mi nueva licencia en la mano.
 
Pero al llegar al lugar, una señora muy amable me informa que están sin luz, por lo que me sugiere reprogramar mi turno y volver otro día. Las luces se ven prendidas, aunque las computadoras están todas apagadas, y mientras me recuerdo a mi misma que no puedo quejarme de nada, le pregunto si no es posible que vuelva la luz en cualquier momento. Lo dudo, me responde con mucha seguridad, como si tuviera poderes adivinatorios, y me dice que si quiero esperar a que llegue el encargado de renovaciones, que me siente con los demás, mientras me señala a un grupete de personas, todos en la misma situación.
 
Minutos después, aparece ese señor, y  nos explica lo mismo, están sin luz, y nos propone dos alternativas: reprogramar los turnos (me niego), o que nos deriven a otros centros donde hacer el trámite. Algunos de los otros y yo elegimos esta opción, y en un papel, cualquiera que encuentra más a mano, nos escribe a cada uno la dirección del lugar más cercano y estampa un sello, a modo de salvoconducto.
 
Salgo corriendo, pensando que todavía es temprano y puedo llegar a los primeros turnos del otro lado. Llego, me acerco al mostrador de informes… y como primera respuesta tengo un rotundo NO, no se puedepero que de todas maneras va a averiguar.  Mientras, detrás mío llegan los demás exportados del otro centro, y con alivio escuchamos el veredicto final: los vamos a atender. Nos dan un número a cada uno,  yo soy número 016, y pasamos al lugar donde pasadas las 9 ya estamos amontonados un montón de gente: los propios y los ajenos, los recién llegados más los que ya estaban, más los que siguieron llegando.
 
El resto fue pasar, como si fuera una búsqueda del tesoro improvisada, por los distintos “consultorios”. El examen visual, dos preguntas: ¿usa anteojos de lejos?… ¿qué letra dice acá? Listo, aprobado… Paso al auditivo… en voz muy bajita me pregunta: ¿cuál es su dni?… se lo digo… listo, aprobado… Llego al sicológico, una mujer que trataba a todos de mi amor y querido… ¿Toma alguna medicación sicotrópica? No (por supuesto!)… ¿es alcohólica? No (por supuesto!)… Listo, aprobado… último paso, el médico… ¿Tiene alguna enfermedad digna de mencionar? (¿?)  No. ¿Toma alguna medicación? No.  ¿Es epiléptica, cardíaca, hipertensa, usa drogas? No, no, no y no. Listo… paso al último mostrador:  por favor, revise todos los datos…¿todo bien?… si todo bien. Muy bien,  pase por caja, retire su licencia nueva y que tenga buen día. 🙂
 
Salgo, con licencia en la mano, cuando número 063 me pregunta si ya está, y con cara de ansiedad, cuánto demora todo… y le digo que no se preocupe, en menos de una hora va a salir con licencia renovada y sabiendo que ve bien, no está ni sordo ni loco y goza de buena salud… ¡La vida es bella!
 
Me quedé pensando, que todo el trámite en si mismo, parece muy poco serio… pero con la total certeza de que si fuera totalmente serio y comprometido, lo encontraríamos complicado y tortuoso.
 
 
¿Es así? ¿Será que no hay nada que nos (me) venga bien?

Mientras,  se fue enero… ¿ya? 😦  …pero  llegó el monstruo 🙂 y andamos de festejo en festejo…  Y si, la vida es bella!

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