Nos fuimos, con mi amiga Alicia, el fin de semana largo a Salta, aprovechando una promoción por puntos de Aerolíneas Argentinas, que se portó especialmente bien, a pesar de la mala fama.

Salta es una ciudad no muy grande, bajita y colonial.


Después del mediodía, como la mayoría de las ciudades del interior, entra en el letargo de la siesta. Hasta los perros duermen al sol, y si se ve alguien caminando por el centro, seguramente sean personas paseando,  como nosotras. Más tarde, revive, y otra vez es un mundo de gente. Nadie parece apurado, y lo que a mi me sacaría de quicio, allá parece no molestar a ninguno. La gente hace cola, y mucha, sea por entrar a un cajero automático o para comprar huevos… nada los corre.


Saliendo de Salta, y entrando en los circuitos de los valles y quebradas, el paisaje se vuelve imponente. Yo, que pensaba que al sur argentino no había con que darle, me di cuenta que el norte es, quizás, hasta más increíble todavía. Si por esas cosas que cada tanto nos pasa, se nos da por creer que uno es el ombligo del mundo y el centro del universo, basta estar en medio de la inmensidad de esas montañas, que están ahí desde hace millones de años, y van a seguir estando por millones de años más después que de nosotros no quede ni el mínimo vestigio de haber atravesado este mundo, para poner automáticamente las cosas en su perspectiva real… no somos siquiera un mínimo granito de arena.

A medida que se va subiendo, pasando San Antonio de los Cobres y llegando a las Salinas Grandes, ya en Jujuy, se corre el riesgo de apunarse. Quien quiere prevenirlo, antes de salir puede pasar por un kiosco, y comprar hojas de coca… y si no, apunate nomás… mareos, dolor de cabeza, la sensación de estar caminando sobre algodones y náuseas. A una apunada del grupo, el guía le dio unos polvitos para que aspirara, y serían realmente mágicos, 😉 porque ya no los dejó por el resto del viaje… seguramente vería llamas de colores saltando por ahí, aunque no dijo nada.

Quebrada del Toro


Camino a San Antonio de los Cobres


Salinas Grandes

Purmamarca


Llegamos hasta Cachi, un pueblito perdido en el valle y dormido en el tiempo.

Por si queda alguna duda de que sea así, lo informan a la entrada. En este pueblo, lo moderno queda fuera, hasta los carteles que en cualquier otro lugar serían luminosos y de colores, aquí son de madera o de hierro. Nada desentona.

Quizás sea, también,  un lugar frecuentado por extraterrestres, nos quedó esa duda 😉 .


Anduvimos por la ciudad, por los valles, las quebradas, las salinas, la Puna, el camino del Inca, y en medio de los cardones. Mejor no tocarlos porque pinchan demasiado! Visitamos el Cabildo, las iglesias, y el Museo de Alta Montaña, este, realmente impresionante… pasan los días, pero la impresión de lo que vi dentro, persiste.

La gente, súper amable. Guías que saben muchísimo, de lo que sea. No dejó de sorprenderme la amplitud de los temas de lo que pueden hablar, y de lo mucho que no tengo idea ni sé. También me sorprendió el amor y el orgullo que tienen por su tierra, y como lo transmiten.

Un viaje imperdible… algo así como un viaje en el tiempo y unos días en otra dimensión… y me quedó la certeza total de que es un lugar al que hay que volver, con mucho más por conocer.

Anuncios