Buscando el sol, que se estaba haciendo algo esquivo en París, decidimos que nos íbamos unos días a Marruecos, con la idea, quizás un poco mágica de hacer una excursión al desierto… después supimos que cerca de  Marrakech no lo íbamos a encontrar, por más que lo ofrecieran en muchas excursiones.

Sacamos los pasajes, reservamos un hotel, dejamos el departamento de cinco pisos por escalera de París, y para allá nos fuimos.

El contraste, nada más bajar del avión en Marrakech, fue fuerte. El calor, el cielo sin una sola nube,  la gente vestida de manera distinta, la ciudad muy abierta con palmeras,  el idioma que no tiene ni una sola palabra en común con lo que conozco,  y el color terracota que ocupa todo el espacio a donde uno mire:  los edificios, las calles, los taxis, los colectivos, la tierra, todo es del mismo color.

Teníamos una Guía Routard sobre Marruecos, ya vieja con más de diez años,  que nos ayudó un montón. Nos enteramos de lo básico: como saludar, Salam Aleikum, la paz sea contigo, y la respuesta. Aleikum Salam… porque en esa sociedad, más importante que hablar es saludar,  y que nunca jamás hay que despreciar un vaso de té.  También como ubicarnos en la ciudad y que lugares no había que dejar de ver.

Dejamos los bolsos en el hotel, y nos fuimos caminando hacia la Medina, la parte vieja y amurallada de la ciudad, donde está la plaza Jamaa el Fna, la place, enorme, multitudinaria y el souk,  uno de los mercados más grandes del mundo.

En el camino, fuimos pasando por lugares muy particulares. Supongo que como todos los que no son locales, teníamos el sello de turista en la cara, y eso atrae a algunos marroquíes como si fuera un imán. De todos lados se iban acercando, y caminaban a nuestro lado ofreciéndose para mostrarnos el camino o llevarnos a ver el negocio de la familia: fabricantes de alfombras o vendedores de especias.

Ser argentinos, por suerte,  parece ser un conjuro contra los guías forzados: Messi o Maradona son palabras mágicas, que automáticamente los distrae del objetivo inicial. Pero es constante, se van unos y aparecen otros, y el discurso es el mismo: la familia fabricante de alfombras o vendedora de especies. Siempre le hablan al monstruo, como si yo no estuviera ahí o fuera invisible, lo que a mí me deja caminar tranquila. Casi todos hablan francés, eso nos lo había explicado el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel cobrándonos una pequeña fortuna: quien pasó por la escuela, sabe francés. Salvo que un precio esté escrito de antemano, hay que pelearlo… el taxista nos ganó!

Seguimos caminando, y siguen los contrastes: edificios imponentes, casas pobres, pero todas del mismo color. Autos de todo tipo, nuevos, viejos y destruidos. Muchísimas motos, parece que es el principal medio de transporte y muchas bicicletas.

El tránsito es un caos y casi no hay semáforos, la única norma pareciera ser que no hay normas… impera la ley del más grande.

Finalmente, llegamos a la plaza.  Cae el sol, y se empieza a llenar de gente, llega la noche y es otro mundo.

Otro mundo!

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