Siguiendo al  nuevo guía, que iba dos metros delante nuestro y giraba la cabeza a cada instante para asegurarse que  estábamos caminando detrás de él, llegamos a la zona dentro de la Medina donde están las curtiembres.  El olor ya se estaba haciendo insoportable y antes de entrar nos dio un ramito de menta para que lo usáramos como filtro apoyándolo debajo de la nariz.

Entramos en un lugar abierto, a pleno rayo del sol, donde había varios piletones de metro y medio de lado, algunos vacíos,  otros llenos de un líquido de color indefinido donde unos hombres, con el líquido a la altura de las rodillas, se movían dentro  pisando  los cueros que estaban sumergidos. Al costado, pilas de cueros encimadas.

El olor, terrible, pero ninguno de ellos se tapaba la nariz. Mientras nos explicaba rudimentariamente el proceso que le hacían a los cueros, nos contaba que eran varias familias que trabajaban dentro, a cada una le tocaba cuatro piletones en los que primero ablandaban el cuero, luego lo ponían a secar, después lo teñían, y otras explicaciones, que entre su poco francés y mis pensamientos que se iban por otros lados, quedaron a mitad de camino.

El lugar entero transmitía precariedad y pobreza. Me compadecí del que estaba revolviendo los cueros, a pleno rayo del sol, soportando ese olor que lastimaba, mientras turistas curiosos como nosotros daban vueltas a su alrededor  a cambio de unas monedas, y me sentí  mal. Pensé,  que sin lugar a dudas, el destino  de uno estaba echado desde el momento que nace según donde tenga la suerte de nacer, y cuánta posibilidad habría de torcerlo. Dos cabritos saltaban por ahí subidos a una pila de cueros, y se acercaron cuando pasamos y les extendí la mano…  Me pregunté cuanto demorarían en estar en un asador.

Le dimos a nuestro guía lo poco que nos pidió, nos indicó por donde teníamos que ir, y seguimos caminando.

Volvimos a preguntar varias veces la dirección hacia la plaza, a esta altura ya habíamos aprendido que teníamos que hacerlo siempre a alguien que estuviera detrás de un mostrador y no pudiera salir de ahí para acompañarnos. También, que estaban más atentos a nosotros que lo que nosotros creíamos: una vez nos hicieron notar que era la segunda vez que pasábamos por el mismo lugar!

Finalmente, empezamos a ver más turistas, y supimos que ya estábamos cerca. Recién entonces decidimos parar un rato y aprovechar la terraza de un “café literario” para comer y tomar algo fresco.

El café literario tenía cinco revistas y cinco libros, pero una terraza que era un respiro dentro de la Medina. Si abajo era el infierno, ahí arriba parecía el paraíso. Desde ahí  nos dimos cuenta que para ubicarse había que mirar las antenas parabólicas de los techos, cuando se podía, porque la mayoría estaba orientada hacia la plaza,  y que siguiendo  esa dirección no había manera de perderse.

Dejamos la visita al palacio y la Madraza para el día siguiente,  ya era tarde y faltaba poco para la hora de cierre y volvimos al hotel. Esta vez, en vez de caminar, tomamos el colectivo No. 1, que nos dejaba a pocas cuadras de ahi.

Al día siguiente,  ya ubicándonos y sin posibilidad de perdernos, al palacio y la Madraza.

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