Al día siguiente, un poco más seguros de cómo movernos dentro de la Medina, nos fuimos para la plaza, y para no caminar tanto decidimos tomar el colectivo.

Preguntamos en el hotel donde se tomaba… la respuesta fue a los turistas les conviene un taxi, pero finalmente el botones nos dijo. Nada hace suponer donde es que para, no hay ningún cartel que lo indique, simplemente, y como nos dijeron, la parada es en esa esquina. Nos bajamos en la plaza, última parada del recorrido.

Esta vez llegamos sin problemas al museo de Marrakech, dentro de un palacio al que están terminando de restaurar. Afuera hacía mucho calor, ya era cerca del mediodía, pero adentro había un frescura muy reconfortante, aún sin aire acondicionado ni nada que modificara la temperatura más que el tipo de construcción. Un patio central, con tres fuentes donde dan muchas ganas de sacarse los zapatos y meterse, si se pudiera, y una enorme lámpara en el centro. Da para sentarse donde sea, aunque sea en el piso, y descansar un buen rato.

Al lado, está la Madrasa de Ben Youseff , con un gran patio central, una pileta a la que también dan ganas de acercarse, y muchísimas celdas, chiquitas, despojadas y sencillas que se abren hacia ese patio central, en dos plantas exactamente iguales. Increíble que alojaran a más de 900 estudiantes!  Hay un santuario, el lugar destinado a rezar:  un espacio enorme con el techo octogonal y de madera tallada, totalmente vacío y sin ninguna imagen, prohibidas en los lugares de culto.

Todo transmite paz, silencio y tranquilidad, contrastante con el bullicio del resto de la Medina.

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