Caminando por la Medina y por la ciudad, fuera de la parte vieja, se ve, en general, zonas pobres y precarias, que contrastan con otras pocas donde se nota un nivel económico mucho más alto, edificios muy bien construidos, autos de alta gama y negocios de marcas internacionales.

Me sorprendió ver que a la mayoría de los hombres que se acercaron a hablarnos, les faltaban dientes, fueran muy jóvenes o ya grandes, y eso me habló de pobreza. Vi muchos hombres, solos o charlando con otros, parados o sentados en banquitos improvisados, aparentemente viendo pasar la gente o la vida, mientras que las mujeres parecen estar siempre yendo o viniendo, pero nunca simplemente haciendo nada. Los bares y restaurantes, excepto los de la zona más moderna de la ciudad, están llenos de hombres solos, no se ven mujeres sentadas en una mesa de un bar. También noté que si una mujer camina al lado de un hombre, se hace invisible, nunca le van a hablar a ella sino al hombre que la acompaña.

En Marruecos, esta prohibida la venta de alcohol, salvo en algunos bares y restaurantes que deben pagar una licencia especial que los habilite, y por eso en general, toda comida se acompaña de agua, gaseosas o jugo de naranja. No hay alcohol.  Sin embargo, vi algunos borrachos por la calle… ( ¿o estarían totalmente fumados?)

Además de las mezquitas que son muy visibles a los ojos de cualquiera, está lleno de mezquitas que pasan muy desapercibidas a los turistas, porque no todas tienen los minaretes que las distinguen,  hay que estar atentos al escuchar los llamados a rezar para ver como de pronto empiezan a acercarse hombres, que dejan los zapatos a un costado luego de atravesar una puerta, y desaparecen dentro de un edificio. No todos van a la mezquita al escuchar el llamado, y solamente en un bar vi a un grupo de hombres arrodillarse todos juntos, mirando hacia el mismo lugar. Nunca vi a una mujer entrando en una mezquita ni arrodillarse.

El llamado, la primera vez que lo escuché, me sorprendió mucho, porque no lo esperaba y no sabía que era eso que  sonaba como un lamento a todo volumen saliendo por los parlantes del minarete de una mezquita. Casi todas los tienen, basta buscarlos y se ven colgados en algún lado. El llamado se repite cinco veces al día, y siempre al mismo volumen: muy alto. En el cuarto del hotel, había una etiqueta pegada en el techo, con una gran flecha que indica la dirección de La Meca.

La gente es sumamente amable, y quizás sea uno que viene asustado de la poca seguridad de nuestras calles, que piensa que detrás de cada persona hay un ladrón encubierto. Molesta, solamente, esa sensación de acoso, de querer vender algo o lograr unas monedas a cambio de llevarnos a algún lado. La mejor manera de evitarlo, aunque es antipático, es no mirar a la gente a los ojos, y pasar la mirada por las cosas como si uno no las viera, aunque no se nos escape ningún detalle. Si uno establece contacto visual, ya se puede imaginar lo que sigue.

El souk, lleno de mercaderías, parece sobredimensionado para la cantidad de gente que compra, y hay muchísimos negocios con los mismos productos, uno al lado del otro, supongo que será el porqué de esa compulsión por forzar una venta. Mucha oferta, pocos compradores.

El regateo es la manera de comprar algo: uno pregunta el precio, el vendedor le dice un número…  a uno le parece alto, entonces le ofrece menos. El vendedor pregunta, entonces, cuánto pagaría por ese producto, lo que es difícil de decir, porque se hace la relación con lo que uno pagaría en su país por algo parecido, y nada es comparable, ni el producto terminado, ni como está hecho, y no tiene idea de cuál seria realmente el precio justo, solo importa sacarlo barato. Al final se va pagando lo que parece un precio razonable, siempre que el vendedor esté de acuerdo. Generalmente, termina siendo para nosotros una ganga, y nos vamos felices con lo comprado. No se ofenden, como escuché decir, si uno no regatea y paga el primer precio que le piden, supongo que se pondrán felices, porque le habrán sacado un poco más a un turista tonto y desprevenido!

Muchas de las cosas que se venden en el souk, se hacen ahí mismo. En un negocio, lleno de chalinas y cosas así, había cuatro hombres sentados en el suelo. Dos recostados en unos colchones, charlando y fumando, mientras los otros, moviendo los brazos y las manos de una manera regular, alternada y rítmica entre los dos trabajaban con unos hilos blancos y finitos,  parecia un telar manual, lo sorprendente era que lo que salía tejido era una tela sumamente suave, fina y muy blanca… y lo hacían esos hombres de manos toscas, mientras charlaban sentados en el suelo.

Nos quedaron muchos lugares por ver y conocer, son demasiados rincones para recorrer en solamente tres días. Sacamos pasajes en micro para Essaouira, otra ciudad amurallada y fortificada a 175 km de Marrakech, en la costa sobre el Atlántico, y seguimos viaje.

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