Una tardecita, caminando por la Medina de Essaouira mientras se iba haciendo de noche, entramos en un negocio de lámparas, atendido por un hombre de alrededor de 60 años, muy simpático, vestido con la típica túnica hasta el piso. Un poco en francés, en inglés y en lo que salía nos pusimos a charlar. Para él, nosotros los argentinos, y ellos, los árabes, estábamos conectados por la sangre que nos corría por la venas, así de dramático era como lo sentía… nada que ver con lo que pasaba con los ingleses, por ejemplo.

Al pasar, le preguntó al monstruo…fumás?…  y lo miró con desconfianza cuando escuchó que no, dando por sentado que debería fumar… y siguió…y qué te gusta hacer? …  Música, respondió el monstruo. Se le iluminó la cara y después de mostrarnos las mil y una lámparas que él pintaba con sus propias manos, nos invitó esa noche a su casa para hacer música con sus sobrinos. Nos aclaró, como al pasar, que tenía  esposa e hijos.

Nos miramos sorprendidos… aceptar o no una invitación así tan repentina… no parecía haber nada malo… no era que yo muriera de ganas de hacer sociales con gente desconocida, en un idioma que no era el mío… pero el monstruo parecía entusiasmado con la idea… y puse cara de bueno, ¿porqué no?  Le dijimos que sí.

Juntó sus cosas en un bolsito que se colgó al hombro, nos pidió que lo esperáramos unos minutos,  y cuando volvió salimos caminando a su lado.

Mientras, y sin saber adónde nos llevaba, le pregunté si su casa quedaba dentro de la Medina, si quedara fuera hubiera sido una buena excusa para echarme atrás, pero me respondió que si.

En el camino, saludó a varias personas. A todas se les acercó, los abrazó y les dio un beso… no parecía que del otro lado tuvieran el mismo entusiasmo que él para saludarlo, pero me dio algo de confianza. Era una persona conocida en el barrio!

Se metió por una callecita, después por otras, y cuando ya estábamos en medio de la desolación de calles vacías y puertas desconocidas, se paró en una y golpeó con los nudillos.

Abrió un hombre, con un sombrerito también de esos típicos que se usan por allá, y nos preguntó a quien buscábamos. El monstruo le respondió un poco desconcertado… Nosotros, a nadie… pero él si, y lo señaló a Latif, con quien ya nos habíamos intercambiado los nombres… Son músicos, dijo, y ante esa presentación, nos hizo pasar.

Subimos por una escalerita angosta y bastante empinada, que llevaba a una especie de taller, más largo que ancho, donde el dueño de casa estaba trabajando la madera, y a continuación del tablón de trabajo, había dos hombres, sentados al lado de una mesa baja, que parecían estar desmenuzando unas ramitas secas, que iban cayendo en una gran montaña que hojitas secas… será perejil o orégano, pensé yo… que de plantas no entiendo nada.

Nos miraron con curiosidad… son músicos, repitió Latif otra vez,  como si eso lo explicara todo.

Somos músicos!!  pensé yo. ¿Dónde estamos?

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