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La vida es como andar en bicicleta,  para conservar el equilibrio hay que mantenerse en movimiento.

Después de un siglo de no escribir nada por acá… en el trabajo cada vez más duros a la hora de permitir el acceso a páginas que distraigan a la muchachada trabajadora, al mismo tiempo que nos atosigan con más trabajo, aunque no con más sueldo!…   y llegamos a septiembre!  ¿Cómo?…  Ya en septiembre!!!  que viene a ser como un acelerador que nos lleva directo a diciembre sin escala y a toda velocidad. Paren un poco… da vértigo!

Se alargaron los días, y escapándole al tren que anda como quiere y cuando quiere,  la bici resulta una buenísima opción. Después de haber perdido una en manos de los cacos y con tres candados y trabas a cuesta para que volver a robármela no sea tan fácil, empecé otra vez la temporada de bici.

Viniendo a la mañana para la oficina,  y a menos de la mitad del camino, se me salió la cadena. A la bicicleta, no a mi! … uyyyy!  y ahora que hago? me pregunté  después de intentar arreglarla sin éxito, con las manos llenas de grasa, lejos de cualquier bicicletería abierta a esas horas y sin un lugar donde dejarla hasta la hora de salida. Tenemos un problema!

Por suerte los ciclistas son una especie muy amistosa y solidaria, y uno que pasaba se paró, me preguntó si necesitaba ayuda.  Intentó poner la cadena, engrasándose él también…  no pudo, entonces fue a su mochila, sacó sus herramientas… que chicos tan precavidos son los hombres!!!…  dio vuelta mi bici, aflojó la rueda, acomodó la cadena, volvió a ajustar la rueda, me preguntó si estaba bien así, le dije que si, por supuesto,  y siguió su camino. El que sabe, sabe!!!.  Yo pude entonces seguir el mío, con las manos todavía llenas de grasa, pero contenta por comprobar una vez más que la vida es bella y la gente es buena.

Llegué a la oficina a tiempo, el lector de huellas digitales de la entrada se negó a tomar las mías, que habían quedado debajo de una capa pegajosa de grasa, pero después de mucho detergente y agua caliente, todo volvió a la normalidad.

Pasaron meses y muchas cosas en este tiempo, en este país  y en mi vida  …  me fui a ver al monstruo allá lejos y volví,  se va yendo el invierno, los días se alargan, llega la primavera, empezamos a pensar en el verano, las vacaciones un poco más cerca, crecen las ganas de hacer otras cosas, y aparecen proyectos nuevos.

Mientras, y a ustedes, ¿cómo los trata la vida estos días? 

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Al costado de esos dos hombres que desmenuzaban ramitas había una habitación muy chiquita, con tres colchones tirados en el piso, una mesa ratona en el medio, y algunas guitarras apoyadas sobre los colchones y contra la pared. Guitarras…música… me quedé más tranquila… En la mesa, dos casettes…  Estos chicos atrasan, pensé para mí, todavía usan casettes!

Nos sentamos, y nos quedamos un poco a la expectativa. En seguida aparecieron dos chicos jóvenes, tendrían la edad del monstruo, nos dijimos Salam – Salam… el dueño de casa nos acercó un vasito de té a cada uno, y en medio de un silencio un poco incómodo, el monstruo agarró una de las guitarras y se puso a tocar.

Terminó lo que estaba tocando, nadie dijo nada… ni que bien, ni que mal, ni de donde son, ni que es eso que estás tocando… y ante tanto silencio, volvió a dejar la guitarra donde estaba con un poco de perplejidad… esto no viene de hacer música, me dio por pensar, cuando uno de los chicos agarró un instrumento raro, una especie de bajo con tres cuerdas hecho de madera, el guembri, y empezó a tocar. Cantaron una canción, que sonaba muy linda, donde parecía que uno decía o preguntaba algo mientras el otro le respondía… al estilo Pimpinela pero sin tanta estridencia, y cuando terminaron esa canción, otra vez el silencio incómodo.

El guembri

El que tocaba el guembri, se levantó , se acercó a la montaña que estaban haciendo los otros dos con las ramitas, sacó un puñado, y se volvió a sentar  mientras armaba un cigarrillo, que se parecía más a un habano por lo grueso que era. Otro, que estaba sentado al lado de Latif, sacó de entre sus ropas una cañita de madera, larga como de 25 cm, y empezó a fumar.

El simil habano quedó en la mesa, y lo iban fumando por turno, mientras el monstruo y yo estábamos de meros espectadores. Nadie decía nada.

El que tenía el guembri empezó a tocar otra vez. Un acorde con 5 notas, siempre el mismo, repetido todo el tiempo. Latif  tomó un casette de los que estaban en la mesa, y empezó a acompañarlo, dándole golpecitos con los dedos. El monstruo, viendo que la cosa venía de participar, empezó a tamborilear sus dedos en la mesa, marcando el ritmo… hasta que Latif, con mucha suavidad, le agarró la mano y se la llevó al pecho donde la mantuvo por varios segundos… hijito querido, no rompas el clima… parecía decir sin palabras. Siguieron sonando por muchos minutos más, larguísimos e interminables, las cinco notas del mismo acorde… de pronto Latif, se paró en el medio y empezó a bailar… parecía en trance, no miraba a nadie, no decía nada, era él, la música y su cuerpo.

¿ y yo como vine a parar acá?

El guembri, sonaba como esto (sacado de la web)

Una tardecita, caminando por la Medina de Essaouira mientras se iba haciendo de noche, entramos en un negocio de lámparas, atendido por un hombre de alrededor de 60 años, muy simpático, vestido con la típica túnica hasta el piso. Un poco en francés, en inglés y en lo que salía nos pusimos a charlar. Para él, nosotros los argentinos, y ellos, los árabes, estábamos conectados por la sangre que nos corría por la venas, así de dramático era como lo sentía… nada que ver con lo que pasaba con los ingleses, por ejemplo.

Al pasar, le preguntó al monstruo…fumás?…  y lo miró con desconfianza cuando escuchó que no, dando por sentado que debería fumar… y siguió…y qué te gusta hacer? …  Música, respondió el monstruo. Se le iluminó la cara y después de mostrarnos las mil y una lámparas que él pintaba con sus propias manos, nos invitó esa noche a su casa para hacer música con sus sobrinos. Nos aclaró, como al pasar, que tenía  esposa e hijos.

Nos miramos sorprendidos… aceptar o no una invitación así tan repentina… no parecía haber nada malo… no era que yo muriera de ganas de hacer sociales con gente desconocida, en un idioma que no era el mío… pero el monstruo parecía entusiasmado con la idea… y puse cara de bueno, ¿porqué no?  Le dijimos que sí.

Juntó sus cosas en un bolsito que se colgó al hombro, nos pidió que lo esperáramos unos minutos,  y cuando volvió salimos caminando a su lado.

Mientras, y sin saber adónde nos llevaba, le pregunté si su casa quedaba dentro de la Medina, si quedara fuera hubiera sido una buena excusa para echarme atrás, pero me respondió que si.

En el camino, saludó a varias personas. A todas se les acercó, los abrazó y les dio un beso… no parecía que del otro lado tuvieran el mismo entusiasmo que él para saludarlo, pero me dio algo de confianza. Era una persona conocida en el barrio!

Se metió por una callecita, después por otras, y cuando ya estábamos en medio de la desolación de calles vacías y puertas desconocidas, se paró en una y golpeó con los nudillos.

Abrió un hombre, con un sombrerito también de esos típicos que se usan por allá, y nos preguntó a quien buscábamos. El monstruo le respondió un poco desconcertado… Nosotros, a nadie… pero él si, y lo señaló a Latif, con quien ya nos habíamos intercambiado los nombres… Son músicos, dijo, y ante esa presentación, nos hizo pasar.

Subimos por una escalerita angosta y bastante empinada, que llevaba a una especie de taller, más largo que ancho, donde el dueño de casa estaba trabajando la madera, y a continuación del tablón de trabajo, había dos hombres, sentados al lado de una mesa baja, que parecían estar desmenuzando unas ramitas secas, que iban cayendo en una gran montaña que hojitas secas… será perejil o orégano, pensé yo… que de plantas no entiendo nada.

Nos miraron con curiosidad… son músicos, repitió Latif otra vez,  como si eso lo explicara todo.

Somos músicos!!  pensé yo. ¿Dónde estamos?

Esta mañana temprano, saliendo de la estación de tren y caminando para la oficina, me crucé con un desfile de granaderos a caballo, con banda incluida.

Cinco minutos antes, no me hubiera enterado de nada, cinco minutos después, solo me hubiera encontrado con el caos que quedó por el corte del tránsito, que apenas duró unos instantes.

No hay nada como estar en el momento justo y en el lugar indicado, para que la vida nos sorprenda con algo… sea bueno o malo.

Si estamos lo suficientemente atentos, o despabilados, para darnos cuenta, si nos animamos y nos arriesgamos, aunque sea un poquito, quizás nos subimos al tren que pasa, y el resultado puede ser algo muy bueno.

Pero, también puede pasar que no sea el indicado, sino el lugar y el momento equivocado, y nos encontramos en algo que termina siendo una conjunción de casualidades nefastas que nos complica la vida, como cuando hay un accidente. Nadie lo puede preveer el minuto antes, y de un momento para el otro, pasa. Mi abuela diría, trágicamente:  uno sabe como sale de casa, pero nunca sabe como vuelve.

No pasa todos los días, pero cada tanto, como hoy, la vida nos sorprende con algo bueno, aunque sea minúsculo, intrascendente, y pasajero.

 

 

Y a vos, ¿te pasó de encontrarte en el momento justo y el lugar indicado,  o equivocado, y que de eso resultara algo inesperado?


En estos días, próximos a mi cumpleaños, vence mi licencia de conducir. Parece que hubiera sido ayer que hice el mismo trámite, pero ya pasaron cuatro años! Así nomás se volaron cuatro años! ¿A dónde se fueron?

Estos trámites están, aparentemente, cada vez más ágiles en la ciudad de Buenos Aires. Siguiendo las instrucciones que aparecen en la página de la ciudad, vi que si, efectivamente, todo parece ser mas sencillo, hay muchas opciones y horarios en los que ir, y solo es cuestión de seguir unos cuantos pasos.

Sacar turno con el documento, opción turno nuevo, y luego elegir día, hora y sede… ver los requisitos: documentación que hay que llevar, estar seguros de no tener multas pendientes, y la constancia de haber ido a la charla de concientización que se da en varios lugares y horarios.

Fui al lugar de la charla que me quedaba más cómodo, pensando que íbamos a ser tres personas y yo, pero éramos 350 personas y yo, en un lugar atestado de gente en el día más caluroso de enero. La charla, interesante y bastante divertida, de esas que uno guarda en la memoria temporal y olvida al minuto de haber traspasado la puerta con la constancia en mano. Solo me quedó grabado que un perro en un auto, debe ir con cinturón de seguridad. ¿Cómo?

El día previo al turno acordado, en un destello de iluminación, se me cruzó la duda … sería cierto que donde iba a hacer el trámite, una companía de seguros, atendían a no clientes?  Después de varios intentos telefónicos, me confirmaron que no, la página estaba equivocada.

Volví, entonces, a la página de la ciudad a intentar modificar mi turno para alguna otra sede y día posible.

Opción cambiar turno. Puse mi dni, y apareció un cartel: no hay turno asociado a ese dni … fui entonces a la opción sacar turno nuevo, y al poner mi dni… aparecíó otro cartel: ya hay un turno asociado a ese dni… volví a la opción cambiar turno… y volvió a aparecer el cartel no hay un turno asociado a ese dni, pasé a la opción sacar turno nuevo, y otra vez : ya hay un turno asociado a ese dni… volví a la opción cambiar turno… y volvió a aparecer el cartel no hay un turno asociado a ese dni,…. Hasta que me acordé del Chavo y su basta, basta, basta que me desesperas!!!!

Traté de llamar al 147, otra manera de cambiar el turno, así de sencillo se comunica uno con la ciudad, y después de varios intentos logré entrar, dentro de las opciones que da una grabación, a pedir ser atendido por un oficial, pero cuando finalmente apareció alguien en línea, era otro contribuyente en busca de ayuda, que me pidió a mi que le explicara como proceder con algo.(???)

Volví a la página, a esta altura ya sabía que no era dni friendly, intenté una vez más con turno nuevo o modificar turno, y terminé ingresando el número de mi cédula, esa vieja amiga que me niego a cambiar, que es de la época en que las cédulas eran rosas o celestes y los datos se escribían a mano… qué antigüedad!!!

Ahora si, con nuevo turno, constancia en mano y recordando aquello de que estoy inhabilitada de por vida para quejarme de lo que sea, vuelvo a intentar renovar mi licencia de conducir. Veremos!

Mientras, enero viene muy tranquilo, aunque la ciudad no está tan vacía como otros años. El trabajo aflojó un poco, aunque no tanto, y en muy pocos días llega el monstruo de allá lejos a pasar un mes con nosotros.  🙂

Y a vos, ¿cómo te viene tratando este nuevo año?

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